
sábado 18 de julio de 2009
viernes 10 de julio de 2009
CERDOS
Vale… Me da el típico mareo, el vértigo de siempre. Hasta ahí todo normal, o al menos, todo dentro de mi propia normalidad. Parece que el cerebro se da la vuelta en mi cráneo y flota durante unos instantes en una especie de líquido que antes no estaba allí, que me impide fijar la vista en cualquier punto concreto. Como digo, algo normal. Incómodo, sí, pero se trata de una sensación que día tras día sufro varias veces.
Estoy a punto de caer al suelo, de dar con mis huesos en el pavimento, pero consigo, no me pregunten cómo, agarrarme tan fuerte a algo que pienso que mis nudillos van salir por entre la carne. Son unos segundos eternos, enfermos, pero unos segundos al fin y al cabo. La sensación desaparece tan pronto como vino. Ni siquiera me entran ganas de vomitar, como en otras ocasiones he experimentado. Cierro los ojos, intento calmarme, respiro fuerte y no suelto en ningún momento el anclaje donde me aferro. Hasta ahí todo normal.
Cuando abro los ojos, después de asegurarme que el vértigo ha desaparecido completamente, percibo una sensación extraña en el ambiente que me rodea. No sabría cómo explicarlo y quizá no pueda, pero siento que algo ha cambiado, aún sin notar grandes cambios a primera vista. Tal vez se trate del color oscuro y tétrico que han adquirido los edificios; quizá sea la luz tenue y apagada que ilumina un día que antes era típicamente primaveral; puede que el terrible hedor a cochambre que se instala con fuerza en mi nariz tenga algo que ver. No lo sé, pero estoy seguro de que algo ha cambiado. Intento no darle importancia. Necesito seguir caminando. Giro la cabeza para ver dónde me había agarrado en el momento del mareo. Y estoy a punto de soltar el mayor de los gritos que este mundo ha escuchado. Veo mi mano abarcar el brazo de una mujer de cuerpo perfecto y cabeza de cerdo que permanece estática observándome, oliendo el miedo que despido a través de su hocico cubierto de mucosidades colgantes. Aparto la mano como si su brazo quemase, pero mis piernas no responden y me impiden salir corriendo de allí de inmediato. Miro a mí alrededor, pero sólo estamos ella y yo. Nadie más camina por las aceras oscuras. Incluso el silencio se torna ensordecedor. La cerda me mira, me huele, incluso parece sonreír con esa expresión estúpida que caracteriza a estos animales. Apesta como si mil borrachos hubiesen vomitado encima de ella. El miedo se apodera de mí, me impide pensar con claridad. Imposible reaccionar.
Un hombre de aspecto elegante y cabeza de cerdo se acerca hasta nosotros sin que nadie le haya llamado. Se detiene y puedo ver con claridad que su traje está completamente cubierto de manchas cuya procedencia desconozco. Me quita el cuaderno que siempre llevo conmigo; aquél en el que escribo lo primero que se me pasa por la cabeza. Una sarta de tonterías, sin duda. Pero son mis tonterías. Lo abre y lo hojea, y a pesar del miedo y la sorpresa del momento, estoy a punto de escupir una sonora carcajada producto de lo estúpido de la escena. ¡Cerdos leyendo lo que escribo! Me contengo, o quizá no tengo tantas ganas de reír como pensaba. Los dos, el hombre y la mujer, leen por encima el contenido de mis escritos, moviendo sus húmedos hocicos y dejando caer babas viscosas de sus bocas cubiertas de heces. El cerdo cierra el cuaderno y lo mete en uno de los bolsillos de su chaqueta. Ni siquiera digo nada. No me da tiempo. Me agarra del brazo de tal forma que el dolor se traslada al resto de mi cuerpo. Me arrastra consigo. Miro atrás y compruebo cómo la cerda deja de ser parte importante de la escena para concentrarse en un pestilente cubo de basura.
Atravesamos calles donde más personas, si es que las puedo llamar así, con cabeza de cerdo retozan en el barro o en la suciedad que corre por las calles. Nadie parece darse cuenta de nuestra presencia. A nadie le interesa. El cerdo vestido de traje afloja la presión que sus dedos ejercen en mi brazo, pero eso no significa que me suelte. Camina mirando al frente, mientras sus orejas bailan de manera graciosa por encima de sus ojos sin vida. Su hedor es realmente insoportable.
Tras unos minutos interminables andando, llegamos ante lo que parece una especie de fábrica. Sus puertas abiertas son la antesala del infierno o algo peor. Entramos y empezamos a recorrer pasillos donde la mierda y la suciedad se acumulan sin que a nadie parezca importarle. Esto es un laberinto en el que se tuerce aquí y se vuelve a torcer más allá, para desembocar en otro largo y oscuro pasillo de hedor nauseabundo. Me perdería, sin dudarlo, si me dejasen completamente solo en este estercolero.
Entonces, llegamos a un hangar enorme, dividido por plantas, cuyo final no consigo adivinar. Aquello es sencillamente aterrador. Miles, o mejor dicho, cientos de miles de personas con cabeza de cerdo permanecen sentadas en sucias tazas de váter completamente desnudas y atadas de pies y manos. No hacen nada, sólo comer alimentos podridos y defecar. Vomito, no lo puedo evitar, ante la visión que se me presenta y el poderoso olor que aguijonea sin piedad mi cerebro. Cuando me incorporo, dos guardias me cogen de las axilas y me levantan del suelo como si fuese un simple muñeco de trapo. No protesto; no puedo. Me llevan a una habitación donde me desnudan rasgando mis pobres trapos sin tener ningún tipo de miramiento. Me tumban sobre una superficie de hierro, tan fría que mi estómago se encoge al sentirla, y me cortan la cabeza en dos tajos dolorosos sin puntería. La oscuridad es un todo absoluto durante unos pocos segundos, el tiempo necesario para colocarme una de esas horribles cabezas de cerdo donde antes tenía la mía. Lo sé porque, aparte de sentir y tocar mi nueva identidad con mis propias manos, noto cómo todos mis pensamientos e ideas comienzan a evaporarse como el humo. Los guardias me agarran de nuevo y me sacan de la habitación con violencia, no sin antes contemplar por última vez la que había sido mi antigua cabeza tirada en el suelo, bañada completamente en sangre negra.
Me conducen hasta una taza de váter donde un cerdo parece haber reventado por dentro. Está muerto, de eso estoy seguro. Lo apartan de un empujón y cae al suelo, para sentarme en su lugar. Atan mis pies y manos con grilletes de hierro oxidado, y acercan la bandeja con los alimentos podridos que mi antecesor no ha podido ingerir. La mierda rebosa por el inodoro, pero el asco comienza a no formar parte de mis sentimientos ni a afectarme. Los guardias se van, pero es el cerdo del traje manchado el que aparece de nuevo. Me mira, me observa, me huele, me estudia. Finalmente, coge y saca el cuaderno que tenía guardado en el bolsillo de su chaqueta, mi cuaderno, y lo abre por una página en concreto. Lo lee detenidamente con su estúpida expresión de animal y lo deja sobre la bandeja de los alimentos poco antes de marcharse. Le veo desaparecer entre cerdos defecando, nubes amarillentas de mal olor y montañas de mierda que se acumulan con el paso del tiempo. Bajo la vista y me fijo en el cuaderno. Veo unas letras que no reconozco como mías. “Ésta es la única mierda que producirás a partir de ahora”, leo, y en ese preciso instante siento como mis tripas se retuercen emitiendo sonidos guturales y mi culo expulsa algo líquido que rebosa por mis piernas abajo.
Estoy a punto de caer al suelo, de dar con mis huesos en el pavimento, pero consigo, no me pregunten cómo, agarrarme tan fuerte a algo que pienso que mis nudillos van salir por entre la carne. Son unos segundos eternos, enfermos, pero unos segundos al fin y al cabo. La sensación desaparece tan pronto como vino. Ni siquiera me entran ganas de vomitar, como en otras ocasiones he experimentado. Cierro los ojos, intento calmarme, respiro fuerte y no suelto en ningún momento el anclaje donde me aferro. Hasta ahí todo normal.
Cuando abro los ojos, después de asegurarme que el vértigo ha desaparecido completamente, percibo una sensación extraña en el ambiente que me rodea. No sabría cómo explicarlo y quizá no pueda, pero siento que algo ha cambiado, aún sin notar grandes cambios a primera vista. Tal vez se trate del color oscuro y tétrico que han adquirido los edificios; quizá sea la luz tenue y apagada que ilumina un día que antes era típicamente primaveral; puede que el terrible hedor a cochambre que se instala con fuerza en mi nariz tenga algo que ver. No lo sé, pero estoy seguro de que algo ha cambiado. Intento no darle importancia. Necesito seguir caminando. Giro la cabeza para ver dónde me había agarrado en el momento del mareo. Y estoy a punto de soltar el mayor de los gritos que este mundo ha escuchado. Veo mi mano abarcar el brazo de una mujer de cuerpo perfecto y cabeza de cerdo que permanece estática observándome, oliendo el miedo que despido a través de su hocico cubierto de mucosidades colgantes. Aparto la mano como si su brazo quemase, pero mis piernas no responden y me impiden salir corriendo de allí de inmediato. Miro a mí alrededor, pero sólo estamos ella y yo. Nadie más camina por las aceras oscuras. Incluso el silencio se torna ensordecedor. La cerda me mira, me huele, incluso parece sonreír con esa expresión estúpida que caracteriza a estos animales. Apesta como si mil borrachos hubiesen vomitado encima de ella. El miedo se apodera de mí, me impide pensar con claridad. Imposible reaccionar.
Un hombre de aspecto elegante y cabeza de cerdo se acerca hasta nosotros sin que nadie le haya llamado. Se detiene y puedo ver con claridad que su traje está completamente cubierto de manchas cuya procedencia desconozco. Me quita el cuaderno que siempre llevo conmigo; aquél en el que escribo lo primero que se me pasa por la cabeza. Una sarta de tonterías, sin duda. Pero son mis tonterías. Lo abre y lo hojea, y a pesar del miedo y la sorpresa del momento, estoy a punto de escupir una sonora carcajada producto de lo estúpido de la escena. ¡Cerdos leyendo lo que escribo! Me contengo, o quizá no tengo tantas ganas de reír como pensaba. Los dos, el hombre y la mujer, leen por encima el contenido de mis escritos, moviendo sus húmedos hocicos y dejando caer babas viscosas de sus bocas cubiertas de heces. El cerdo cierra el cuaderno y lo mete en uno de los bolsillos de su chaqueta. Ni siquiera digo nada. No me da tiempo. Me agarra del brazo de tal forma que el dolor se traslada al resto de mi cuerpo. Me arrastra consigo. Miro atrás y compruebo cómo la cerda deja de ser parte importante de la escena para concentrarse en un pestilente cubo de basura.
Atravesamos calles donde más personas, si es que las puedo llamar así, con cabeza de cerdo retozan en el barro o en la suciedad que corre por las calles. Nadie parece darse cuenta de nuestra presencia. A nadie le interesa. El cerdo vestido de traje afloja la presión que sus dedos ejercen en mi brazo, pero eso no significa que me suelte. Camina mirando al frente, mientras sus orejas bailan de manera graciosa por encima de sus ojos sin vida. Su hedor es realmente insoportable.
Tras unos minutos interminables andando, llegamos ante lo que parece una especie de fábrica. Sus puertas abiertas son la antesala del infierno o algo peor. Entramos y empezamos a recorrer pasillos donde la mierda y la suciedad se acumulan sin que a nadie parezca importarle. Esto es un laberinto en el que se tuerce aquí y se vuelve a torcer más allá, para desembocar en otro largo y oscuro pasillo de hedor nauseabundo. Me perdería, sin dudarlo, si me dejasen completamente solo en este estercolero.
Entonces, llegamos a un hangar enorme, dividido por plantas, cuyo final no consigo adivinar. Aquello es sencillamente aterrador. Miles, o mejor dicho, cientos de miles de personas con cabeza de cerdo permanecen sentadas en sucias tazas de váter completamente desnudas y atadas de pies y manos. No hacen nada, sólo comer alimentos podridos y defecar. Vomito, no lo puedo evitar, ante la visión que se me presenta y el poderoso olor que aguijonea sin piedad mi cerebro. Cuando me incorporo, dos guardias me cogen de las axilas y me levantan del suelo como si fuese un simple muñeco de trapo. No protesto; no puedo. Me llevan a una habitación donde me desnudan rasgando mis pobres trapos sin tener ningún tipo de miramiento. Me tumban sobre una superficie de hierro, tan fría que mi estómago se encoge al sentirla, y me cortan la cabeza en dos tajos dolorosos sin puntería. La oscuridad es un todo absoluto durante unos pocos segundos, el tiempo necesario para colocarme una de esas horribles cabezas de cerdo donde antes tenía la mía. Lo sé porque, aparte de sentir y tocar mi nueva identidad con mis propias manos, noto cómo todos mis pensamientos e ideas comienzan a evaporarse como el humo. Los guardias me agarran de nuevo y me sacan de la habitación con violencia, no sin antes contemplar por última vez la que había sido mi antigua cabeza tirada en el suelo, bañada completamente en sangre negra.
Me conducen hasta una taza de váter donde un cerdo parece haber reventado por dentro. Está muerto, de eso estoy seguro. Lo apartan de un empujón y cae al suelo, para sentarme en su lugar. Atan mis pies y manos con grilletes de hierro oxidado, y acercan la bandeja con los alimentos podridos que mi antecesor no ha podido ingerir. La mierda rebosa por el inodoro, pero el asco comienza a no formar parte de mis sentimientos ni a afectarme. Los guardias se van, pero es el cerdo del traje manchado el que aparece de nuevo. Me mira, me observa, me huele, me estudia. Finalmente, coge y saca el cuaderno que tenía guardado en el bolsillo de su chaqueta, mi cuaderno, y lo abre por una página en concreto. Lo lee detenidamente con su estúpida expresión de animal y lo deja sobre la bandeja de los alimentos poco antes de marcharse. Le veo desaparecer entre cerdos defecando, nubes amarillentas de mal olor y montañas de mierda que se acumulan con el paso del tiempo. Bajo la vista y me fijo en el cuaderno. Veo unas letras que no reconozco como mías. “Ésta es la única mierda que producirás a partir de ahora”, leo, y en ese preciso instante siento como mis tripas se retuercen emitiendo sonidos guturales y mi culo expulsa algo líquido que rebosa por mis piernas abajo.
miércoles 1 de julio de 2009
martes 30 de junio de 2009
Nº 1
Astro asteroide astro inmenso inverso inmerso sacando la cabeza moviendo los brazos inquisitivo eyaculando expulsando criando sufriendo chasquear la lengua tres veces y seguir soñando ¡eh! Rictus impropio de servilismos varios ovarios útero vagina coño deslizo la lengua para mojarlo humedecerlo penetrarlo hacerlo sangrar ¡Ah! Juego de juegos de niños imberbes indefensos intelectuales inútiles ante el sexo contrario vagina dentada sacada de contexto dientes molares blancos de leche exprimida ardiendo
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






